domingo, 22 de junio de 2008

El déficit democrático genera peligrosos mitos

Sunday, July 09, 2006

"Sociedad civil" y "ciudadanía" son conceptos poco transparentes con los que se apunta contra las carencias actuales de la tarea política. Pero lejos de resolverlas, pueden erosionar la legitimidad de las instituciones.
Existe una cierta paradoja en que la democracia aparezca en América latina en forma generalizada —y uno podría decir ya consolidada— justo cuando ella, y la política más en general, atraviesan por un momento en que están cuestionadas en su relevancia para resolver los problemas y para expresar las demandas de la sociedad.
Porque la democracia no es otra cosa que un espacio en que una población convertida en ciudadanos toma decisiones relevantes para sus vidas a través de representantes elegidos en el Estado. Pero, por un lado, los procesos de globalización parecen quitarles a las comunidades políticas su capacidad de decisión sobre muchos problemas cruciales que quedan entregados a los mercados transnacionales y a los poderes fácticos de todo tipo.
Y, por otro lado, las nuevas formas de exclusión, desigualdades y pobreza generan condiciones en que se hace difícil un ejercicio real de la ciudadanía.
Este déficit democrático estructural y sustancial, más allá de los problemas propios que las instituciones de cada país tengan —y que ha sido estudiado y enfatizado por el ya clásico informe del PNUD sobre la democracia—, ha llevado al levantamiento de un nuevo mito, el de la sociedad civil y la ciudadanía.
Como todo mito tiene un núcleo racional, que es la crítica a una política y a instituciones que parecen distanciarse de "la gente", distancia que en épocas anteriores tendía a acortarse por el papel movilizador de las ideologías y los proyectos políticos populistas o revolucionarios. También este núcleo racional lleva a la demanda de una democracia más participativa que la simple pero fundamental participación electoral.
Pero también puede llevar a la exaltación de la sociedad civil y la ciudadanía como expresión de "las preocupaciones de la gente", convirtiendo a aquellas instancias ya no en contrapeso necesario del Estado y la acción política, sino en el sustituto de ésta.
La crítica a una determinada política o al funcionamiento de determinadas instituciones se transforma en la crítica a la política misma. Y a la superación de esto no contribuye una clase política perpleja que, o se refugia en sus métodos tradicionales que ahora ya no sirven como a la representación o movilización políticas, o ceden a esta anulación de la política a través de convertirse en los portavoces de "los problemas de la gente".
El "estilo ciudadano" y la "centralidad" de la sociedad civil pueden llevar, en muchos casos, a erosionar la legitimidad de instituciones que se crearon precisamente para asegurar la representación de la gente. En otras palabras, una secreta complicidad en tre los políticos y la sociedad para saltarse las instituciones en vez de reformarlas y generar otras nuevas.
En esta construcción mítica, la sociedad civil aparece dotada de una virtud y homogeneidad que contradicen la realidad de intereses particulares y contrapuestos propios de la condición humana, y la ciudadanía aparece sólo en su dimensión de derechos individuales y no de pertenencia a una comunidad política. La consecuencia es que la política tiende a disolverse en la farándula, la mediatización, la acción puramente corporativa, la autorreferencia de la clase política, la oferta de respuestas fáciles a las demandas de la gente.
Por otro lado, estos llamados a la sociedad civil y la ciudadanía, que sin duda como hemos dicho responden a una falencia estructural más que voluntaria de la política, aparecen como retóricos, porque no van acompañados ni de la creación de nuevas instituciones de participación ni tampoco de reformas de las instancias que mejor pueden resolver la relación entre el Estado, la política y la sociedad, que son los partidos políticos.
Es evidente que la responsabilidad es compartida: una sociedad civil cuyos portavoces denigran la política y una ciudadanía que sólo piensa en derechos individuales y no en la construcción de una comunidad, por un lado; y una clase política más preocupada de asegurar su sobrevivencia como tal que de reformar la política y las instituciones, por otra.
Pero a ello hay que agregarle el papel que juegan ciertos organismos financieros internacionales que exaltan a una sociedad civil y un ciudadano abstractos que en la realidad sin embargo se transforman en clientes o beneficiarios de políticas tecnocráticas que condenan como populismo todo lo que se aleja de ellas.
Porque la cuestión central es, como ha indicado la CEPAL, la conformación de un nuevo pacto social que lleve a un Estado de protección en América latina en un marco democrático y de un modelo de desarrollo no subordinado a la globalización.
Si es así, no se ve que ese pacto pueda hacerse solamente por actores sociales clásicos muy debilitados o los actores nuevos, variables y sin tener la envergadura y consistencia para compromisos de lago plazo, es decir, sólo como un acuerdo entre ciudadanos u organizaciones de la sociedad civil.
Si el acuerdo o pacto social no tiene una dimensión partidaria dominante, será imposible que cristalice en instituciones que lo respalden y legitimen. La política y los partidos no podrán ser reemplazados y jugarán un papel aún más importante que en el pasado en la conformación de un pacto social.
De ahí la necesidad de su transformación y relegitimación.
Manuel Antonio Garretón
SOCIOLOGO, DOCENTE DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE